14 mar. 2009

Historia, memoria y violencia en el Perú: Conocer y enfrentar

Guernica (Pablo Picasso, 1937)

Perder el miedo es la primera consecuencia del conocimiento, del saber, de poseer información, de tener la libertad para adquirirla o no, de tenerla disponible. El miedo es fruto de la ignorancia, del silencio, del prejuicio, del control sobre nuestras mentes. La ecuación es simple: si no tienes nada que ocultar, muestra lo que eres y lo que fuiste. Como persona esa es una decisión personal y nuestros pares nos juzgarán por ello, pero a nivel de Estados es una decisión de gobierno, de nivel político, que puede tener consecuencias en cientos de miles de personas y en el futuro de un país. Por ello la responsabilidad es mucho mayor.

Cualquiera que haya leido a Candau (citado en un post anterior), entenderá que no existe nación sin memoria, pero que tampoco existe la "memoria nacional". Existen memorias, en plural, una pluralidad que nos habla de colectividad (grupos sociales que vivieron un hecho histórico de modo diferente, como por ejemplo la sociedar urbano arequipeña vivió la Guerra del Pacífico de modo diferente que la urbano limeña), de casos individuales (personas que vivieron más de cerca un hecho o acontecimiento y que sufrieron más sus consecuencias) y de momentos históricos (generaciones que re-elaboran sus recuerdos de modo diferente a las anteriores y piden rendición de cuentas o deciden cerrar el capítulo).

Desechar un donativo con el pretexto -hubo varios pretextos, de todo calibre, pero tomaremos el que nos interesa- de que la edificación de un "museo de la memoria" (sin especificar cómo sería ni qué objetivos tendría a corto, mediano y largo plazo) no representaría a la nación en su conjunto y por lo tanto a la memoria nacional, es una falacia y una mentira. Una falacia, pues la nación como concepto existe pero su concretización es mucho más compleja en sociedades escindidas como la peruana, cosa que recién se empezó a tomar en cuenta en el discurso oficial con la crisis del Estado-Nación de la seguna mitad del siglo XX -para el caso peruano en los ochentas con el llamado "desborde popular"-, y que aun quedan rezagos en nuestra sociedad (como hablar de la "nación andina" refiriéndose casi siempre al nacionalismo cusqueño, como si "lo andino" fuera posible de simplificar a dos o tres categorías comunes).

Es una mentira, pues la espera a encontrar una "memoria nacional" va primero por construir espacios colectivos de memoria, de recuerdo, de enfrentamiento. Poner la fotografía de un senderista izando una bandera roja con la hoz y el martillo no es un homenaje, es una representación visual de algo que sucedió en nuestro país, y que como cuidadanos tenemos derecho a ver y a recordar cuantas veces nos venga en gana. Recordar no es homenajear, es juzgar y confrontar. Eso es lo que teme este gobierno y los anteriores desde 1980, por poner un punto de inicio. Ese es el temor. El horror para los que juegan esta lógica amnésica es que luego de este museo de la memoria se demande otro sobre la matanza de Soltera Pampa (Cusco) en 1964, por ejemplo, o uno sobre la matanza de Huancané de 1923, inclusive -en el colmo de un surrealismo digno del Guernica- que el Partido Aprista Peruano demande un museo de la memoria sobre la matanza de sus militantes y de muchos pobladores trujillanos de la "guerra civil" de 1932, donde ellos fueron perpetradores de crímenes y víctimas de la represión desmedida del gobierno presidido por Luis Sánchez Cerro.

76 años después, no hay una cifra confirmada de esa matanza en Chan-Chan, calculada en un rango de 1000 a 3000 muertes. ¿Esa incertidumbre, esa ignorancia es la que queremos en las siguientes décadas de nuestra historia? Un museo de la memoria no soluciona los problemas ni consigue mágicamente la reconciliación, pero sí contribuye a ello. Una prueba es viajar con Magaly Solier, actriz huamanguina muy mencionada en las últimas semanas por actuar en el filme "La teta asustada" (Llosa, 2008), por la exposición fotográfica Yuyanapaq, que a la vez recuerda, conoce, se sorprende y sobre todo, se enfrenta a su pasado como peruana. Un orgullo de tener a actrices así y una vergüenza para los políticos apristas.

Más que una entrevista, es un testimonio, les dejo las dos entrevistas pero les recomiendo sobre todo la primera. También recomiendo compararla con la infame versión de Edgar Núñez, una de las personas que más miente y tergiversa el pasado histórico, y para colmo es congresista.